Una de las anécdotas más divertidas del libro ocurre en 1963, cuando el famosísimo Frank Sinatra, que llegaba a Sicilia como embajador de la conexión norteamericana, es humillado por el capo Don Giuseppe Genco Russo, un campesino multimillonario y casi analfabeto que por entonces dirigía la organización. En Agrigento, al sur de Palermo, “el arquetipo de la pequeña ciudad mafiosa donde los hombres respetables eran más importantes que la autoridades locales, la policía, el alcalde y el clero”, Don Genco deja plantado dos horas a la celebridad internacional, lo ningunea y le da una lección de jerarquía mafiosa al tratarlo como un simple lugarteniente que viene a rendir cuentas a su general. En esa comida entre los capos de la región y Frank Sinatra, que fue relegado al último asiento y apenas si recibió atención del resto de los invitados, se ofreció un menú que, como toda la gastronomía siciliana, estaba basado en los productos de la tierra: pasta con legumbres, pierna de cordero, flan de castañas.
Sinatra volvió a Nueva York con un mensaje muy claro para los jefes locales. Como dijo el propio Don Genco a los comensales ante su presencia: “No podemos admitir que unos emigrados que sólo existen gracias a nosotros vengan a mandar en nuestra tierra”.

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